lunes, 23 de abril de 2012

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO


¿Se imaginan a un policía antidisturbios, frente a un grupo de barrabravas de Chacarita enardecidos, pensando “si alguien te golpea la mejilla izquierda, ofrécele la derecha”? Si el chamigo actuara según criterios dictados por el Sermón de la Montaña, no sólo pondría en peligro su propia vida, sino que lo consideraríamos un ridículo, como lo demuestra el siguiente video de Cha cha cha.


- "¿Vos me estás diciendo que la música está arriba de la política? Yo ya sé eso, la música está arriba de la política. Gracias a Dios, si no estamos perdidos".

A despecho de lo que puede llegar a creer algún cultor del “Lanatismo” -la doctrina según la cual la investigación periodística se reduce a demostrar que “los políticos son todos chorros” y la política es algo sucio y feo- , el político de raza no se mete en política para afanar guita, aunque a veces lo haga, sino porque concibe a la política como una auténtica vocación, a la que entrega gran parte de su vida y energía.

Estuve releyendo “La originalidad de Maquiavelo”, del filósofo liberal inglés de origen ruso, Isaiah Berlin. Lo que sigue es una especie de resumen/comentario del artículo:

Si tenemos en cuenta que El Príncipe  es una obra breve, de estilo seco, lúcido, cuya prosa constituye un modelo típico de claridad renacentista: ¿cómo puede ser que haya suscitado un número tan grande de interpretaciones encontradas?

La obra de autores como Platón, Rousseau, Hegel o Marx, también ha dado origen a muchísimas lecturas diversas: “Pero entonces podría decirse que Platón escribió en un mundo y un lenguaje que no podemos estar seguros de entender; que Rousseau, Hegel, Marx fueron teóricos prolíficos, cuyas obras son escasamente modelos de claridad o consistencia” (Isaiah Berlin).

¿Será por haber separado, como asegura Benedetto Croce y quienes lo siguen en este punto, la política de la moral? No han faltado intérpretes que creen que Maquiavelo recomendó como políticamente necesarios ciertos caminos que la opinión común condena moralmente; esto es, pisar cadáveres para beneficio del estado. Según Isaiah Berlin, esta antítesis es falsa:

“Lo que Maquiavelo distingue no son los valores específicamente morales de los valores específicamente políticos; lo que logra no es la emancipación de la política de la ética o de la religión, que Croce y muchos otros comentadores ven como el logro que la corona; lo que instituye es algo que corta aún más profundamente: una diferenciación entre dos ideales de vida incompatibles, y por lo tanto dos moralidades. Una es la moral del mundo pagano; sus valores son el coraje, el vigor, la fortaleza ante la adversidad, el logro público, el orden, la disciplina, la felicidad, la fuerza, la justicia y por encima de todo la afirmación de las exigencias propias y el conocimiento y poder necesarios para asegurar su satisfacción; aquello que para un lector del Renacimiento equivalía a lo que Pericles había visto personificado en su Atenas ideal, lo que Livio había encontrado en la antigua República Romana, lo que Tácito y Juvenal lamentaron de la decadencia y la muerte en su propio tiempo. Estas parecen a Maquiavelo las mejores horas de la humanidad y, como humanista renacentista que es, desea restaurar. (…)” (I. Berlin). Los ideales de la moral cristiana, en cambio, son la caridad, la misericordia, el sacrificio, el amor a Dios, el perdón a los enemigos, el desprecio por los bienes de este mundo, la fe en la vida ulterior, la creencia en la salvación del alma individual,  como valores incomparables, más elevados que, y de cierto absolutamente inconmensurables a, cualquier meta social, política u otra terrestre, a cualquier consideración económica, moral o estética.

Para Maquiavelo no hay posibilidad de conciliar ambas moralidades. La religión cristiana le da un valor supremo a la humildad, la abyección, al desdén por las cosas humanas; la religión antigua enfatizaba la grandeza de espíritu, el vigor del cuerpo y todo lo que hace fuertes a los hombres.

Ahora bien, si los hombres fueran distintos a lo que son y han sido siempre, podrían crear una sociedad cristiana ideal, pero no es lo que ocurre en la realidad.

Como bien nota Berlin, Maquiavelo no dice que la humildad, la bondad, la ingenuidad, la fe en dios, la santidad, la compasión, son malas, o atributos sin importancia; o que la crueldad, la mala fe, el poder político, el sacrificio de hombres inocentes a las necesidades sociales, son buenos.

Lo que dice Maquiavelo es muy similar a lo que años más tarde dirá Max Weber –gran lector del florentino, así como también de Nietzsche- en La política como vocación: elegir llevar una vida cristiana te condena a la impotencia política: a ser  usado y aplastado por hombres ambiciosos, inteligentes e inescrupulosos. Tampoco cree que se pueda llegar a una conciliación entre ambos mundos. Los políticos que toman caminos intermedios, y ante determinadas circunstancias son incapaces de ser completamente buenos o completamente malos, terminan por vacilar y caer en la debilidad y el fracaso.

Insisto una vez más: el tipo no trata de corregir las virtudes cristianas, ni llama “maldad” al “bien” y “bondad” al “mal”. Lo que dice, según la lectura de Berlin, es  que los principios cristianos son incompatibles con las virtudes cívicas.

Maquiavelo condena, en el terreno político, la inefectividad. En un pasaje de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, dice que la fe cristiana ha hecho a los hombres “débiles”, fácil presa de los “hombres malvados”, ya que aquéllos “piensan más en soportar las injurias que en vengarlas”.


La lección de Maquiavelo es que uno puede salvar su alma o puede mantener o bien servir un gran y glorioso estado, pero no siempre puede hacer ambas cosas a la vez. Como la de Aristóteles o Cicerón, la moralidad de Maquiavelo era social, no individual. Pero es una moralidad no menos que la de ellos, y no una región amoral más allá del bien y del mal.

En síntesis: ¿por qué la lectura de El Príncipe ha dado lugar a interpretaciones tan diversas? Según Isaiah Berlin:


"Me gustaría sugerir que es la yuxtaposición de las dos perspectivas en Maquiavelo -los dos mundos moralmente incompatibles, por decirlo así- sobre las mentes de sus lectores, y la colisión y aguda inconformidad moral subsecuentes lo que, a través de los años, han sido responsables de los desesperados esfuerzos por interpretar mal sus doctrinas, para representarlo como un cínico y por lo tanto, finalmente, como un superficial defensor del poder político, o como un satánico, o como un patriota que receta para situaciones particularmente desesperadas que raramente se presentan, o como un contemporizador, o como un amargado fracasado político, o como mero vocero de verdades que siempre hemos conocido pero no nos gusta pronunciar, o nuevamente como el ilustrado traductor de antiguos principios sociales universalmente aceptados dentro de términos empíricos, o como un criptorepublicano satírico (un descendiente de Juvenal, un precursor de Orwell); o un frío científico, un mero tecnólogo político libre de implicaciones morales (...)


Esta no es una división de la política y la ética. Es el descubrimiento de la posibilidad de más de un sistema de valores, sin ningún criterio común a los sistemas entre los que se puede hacer una elección racional. Esto no es el rechazo del cristianismo por el paganismo (aunque Maquiavelo claramente prefirió este último), ni el paganismo por el cristianismo (...) sino el acomodo de ambos lado a lado, con la implícita invitación a los hombres a escoger entre una vida privada, buena, virtuosa, o una existencia social buena, de éxito, pero no ambas".

MAX WEBER, LECTOR DE MAQUIAVELO:

Siguiendo a Maquiavelo, Weber distingue entre la “ética de la convicción” (Lilita Carrió) y la “ética de la responsabilidad”.

A ojos de Weber, “lo patético de la acción estaba vinculado a la antítesis entre dos formas morales, la moral de la responsabilidad y la moral de la convicción. O bien obedezco a mis convicciones (pacifistas o revolucionarias, tanto da) sin preocuparme por las consecuencias de mis actos, o bien me siento obligado a rendir cuentas de lo que hago, aunque no lo haya querido directamente, y entonces las buenas intenciones y los corazones puros no bastan ya para justificar a los actores” (Raymond Aron).

Cuando se entra en política, la moral que debe seguirse es la de la responsabilidad por las consecuencias de las acciones que se toman en la coyuntura. Entrar en política es participar en conflictos en los que se pelea por el poder, por la capacidad de influir sobre el Estado y, a través de él, sobre la colectividad. Al mismo tiempo, el político queda atrapado en la obligación de someterse a las leyes de la acción, aunque esas leyes sean contrarias a sus convicciones más íntimas, a los diez mandamientos o a las recriminaciones que Pepe Grillo le puede hacer en la soledad nocturna de una conversación con la almohada. Los dardos de Weber estaban dirigidos, probablemente, a los pacifistas de orientación cristiana y a los revolucionarios principistas, a los idealistas. Aunque nuestro contexto y lugar no son los de la época de Weber -y mucho menos los de los tiempos de Maquiavelo-, la lección de ambos sigue teniendo vigencia.

Por ejemplo: para un seguidor de la “ética de la convicción”, el aborto está mal sin importar las consecuencias, y por lo tanto no debe ser legalizado. Un político debe considerar las circunstancias, y las consecuencias que puede tener su no legalización sobre la población femenina, sobre todo entre las mujeres que pertenecen a los sectores económicamente más desfavorecidos.

Aclaración importante: Weber no quiere decir que el moralista de la responsabilidad no tenga convicciones, ni que el moralista de la convicción no tenga sentido de la responsabilidad. “Lo que él sugiere es que, en condiciones extremas, ambas actitudes pueden contradecirse y que, en último análisis, uno prefiere al éxito la afirmación intransigente de sus principios y el otro sacrifica sus convicciones a las necesidades del triunfo, siendo morales tanto uno como otro dentro de una determinada concepción de la moralidad” (R. Aron).

Esta es la lección que Weber toma de Maquiavelo, según el cual la política se revela en situaciones extremas. Es evidente que un buen político debe estar convencido de sus ideas –que no es lo mismo que ser un necio o un soberbio- y al mismo tiempo ser responsable de sus actos. Ahora bien, ¿cuál es la elección moral cuando es preciso mentir o perder, matar o ser vencido? La verdad, responde el moralista de la convicción (Lilita Carrió); el éxito, responde el (¿peronista?) moralista de la responsabilidad.

Otro punto importante: no existe criterio científico universal capaz de salvar al político de tomar decisiones erróneas. Creer que la política debe someterse al dictado de la ciencia no es más que “cientificismo” (1). La política es negociación constante, y por lo común, no hay una medida política o económica que beneficie a todos: generalmente se perjudica a algunos en beneficio de otros.

(1) Acerca del "científicismo hablamos aquí.

Para seguir leyendo:

http://artepolitica.com/comunidad/claude-lefort-y-la-democracia-como-lo-opuesto-a-la-ausencia-de-conflicto/

miércoles, 18 de abril de 2012

KIRCHNER, YPF Y LOS NOVENTA


No soy un experto en el tema YPF, aunque mi viejo trabajó ahí por más de treinta años, con lo cual la nacionalización parcial que anunció Cristina Kirchner me toca el corazón (y no porque sea un nacionalista fanático ni mucho menos). Incorporo la interesante editorial de Reynaldo Sietecase:

http://www.reynaldosietecase.com.ar/2012/04/18/editorial-sobre-ypf/

Leo el siguiente comentario en La Nación, de parte de alguien que se llama así mismo “46 por ciento”:

"Estatizar (robar),matar, amedrentar, pelear, polemizar, pe.lotudear, chicanear, versear, mentir, delinquir, desoir, y toda la gama de verbos de m... es todo lo que saben hacer los KK. Fuera estos ladrones que pretenden ser los representantes de los ciudadanos. LO SERAN DEL 54% DEL POPULACHO ignorante y corrupto que los voto. Ojo aun hay 46% que piensa que la Constitución Nacional y la Republica son mas importantes que esto marxistas”.

Naturalmente, creo en el enriquecimiento espiritual a través del intercambio de opiniones con personas racionales que piensan distinto a uno. Dos de los enemigos principales de todo pensamiento son el maniqueísmo y la pereza mental. Ahora bien, ¿se puede intentar debatir de política con alguien como Don 46%? Me parece imposible, la única solución es dejarlos solos escupiendo veneno.

Hay personas que creen que uno apoya al gobierno porque: a) es un canalla; b) es un idiota; c) es un estúpido; d) es un ignorante; e) es un cínico y/o f) es un ingenuo. Por supuesto que uno puede estar equivocado, no lo niego.

Hay un anónimo, que se debe creer la vanguardia iluminada, que me trata como si yo fuese un pelotudo:


Pero en todo caso, en penoso ver a los giles como vos, a quienes les muestran la tapa de P/12 y ven la banderita argentina y el escudillo viejo de YFP con la albiceleste y ya se le llenan los ojos de lágrimas y creen que no vale la pena discutir nada más. Mucha gente entiende que este gobierno contribuye propagandísticamente a generarse una mística de izquierda y lucha social que hace que gansos como vos no le critiquen nada y esperen deseosos de enterarse cuál es el próximo paso en el programa de liberación nacional del pueblo en la próxima cadena nacional. Cristina en 2016 va a decir que la minería a cielo abierto queda prohibida bajo parámetros actuales y que va a expropiar las minas para una compañía pública que garantice la no-contaminación. Y los mismos boludos van a aplaudir y sentirse liberados como nunca. ¿Para qué discutir sobre políticas progresistas si ya elegimos a la persona más progresista de argentina como presidente? Ya está.
En fin, es difícil discutir de política en la Argentina. Entiendo que en estos nueve años se han hecho cosas mal, algunas muy mal, como la política de transporte. Pero no me quiero desviar...

Me permito citar dos fragmentos de Raymond Aron, en su introducción a El Político y el científico, de Max Weber:

"El hombre de acción es el que, en una coyuntura singular y única, elige en función de sus valores e introduce en la red del determinismo un hecho nuevo. Las consecuencias de la decisión tomada no son rigurosamente previsibles, en la medida en que la coyuntura es única. Sólo hay previsión científica en las sucesiones de acontecimientos que pueden repetirse o, dicho en otros términos, sólo hay previsión científica respecto de las relaciones derivadas de lo concreto y elevadas a un cierto nivel de generalidad".

En política, obrar razonablemente no es honrar la verdad eterna e inmutable, ni seguir los dictados del conocimiento científico, sino adoptar, después de haberlo meditado, la decisión que ofrezca más probabilidades de conseguir el fin que se pretende.

"Entrar en política es participar en conflictos en los que se lucha por el poder: el poder de influir sobre el Estado y, a través de él, sobre la colectividad. Al mismo tiempo, queda un obligado a someterse a las leyes de la acción, aunque sean contrarias a nuestras íntimas preferencias y a los diez mandamientos; se concluye un pacto con los poderes infernales y se queda condenado a la lógica de la eficacia".

Y otro fragmento de Aron que me parece central, y que se aplicaría al propio gobierno si en lugar de gobernar hubiese perdido las elecciones:

"No existe ni un solo ejemplo de oposición que no utilice frente al Gobierno argumentos injustos o mendaces  que consisten en reprocharle no haber logrado éxitos que nadie hubiera podido lograr o haber hecho concesiones que nadie hubiera podido evitar".

No digo que la cita se aplique estrictamente a lo que se hizo con YPF en estos últimos nueve años, donde seguramente se han hecho cagadas muy grandes. El tema con Eskenazi fue nefasto. No sé... no tengo la posta.

Retomando, algunos piensan que la palabra “gorila” está perimida. Pues no estoy de acuerdo: me parece que el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner hizo surgir una nueva forma de gorilismo, tanto por izquierda como por derecha, aunque hoy los tiempos sean otros. También es cierto que hay talibanes K que justifican hasta las cagadas más grandes que se pueda mandar el gobierno. ¿Y qué es un gorila?

Remito al siguiente post:


En fin, no me quiero seguir extendiendo. Rescato un fragmento de Fidanza, sobre la decisión de expropiar el 51%:

“En ese marco, poco le queda por hacer a la oposición, salvo esperar que baje la espuma. La búsqueda en el archivo de las contradicciones de los Kirchner en la historia de YPF no deja de ser un divertimento menor, frente a la dimensión del paso dado. Si la política fuera la historia de las coherencias casi no habría política”.

Me gustó también el siguiente artículo de un tal Bruno Bimbi, un periodista que parece bastante piola. Finalizo el post citando el artículo de Bimbi in extenso, porque comparto bastante lo que dice, y porque no tengo ganas de pensar por mí mismo (no le mintamos a la gente =P). En todo caso espero enriquecerme con el aporte de quienes no piensan lo mismo en los comentarios:

“Desde que tuiteé por primera vez expresando mi alegría por el anuncio de la Presidenta, que envió al Congreso un proyecto para recuperar YPF bajo control del Estado, recibí varias réplicas que me “recordaban” que Néstor y Cristina Kirchner apoyaron la privatización en los noventa y no habían nacionalizado YPF hasta ahora (?), como si viviera en una nube de pedo y no me hubiera enterado. Algunos, con más detalle, me recordaban que Parrilli fue quien defendió la privatización en el Congreso. Ah, mirá vos, no sabía, estaba en Marte en esa época. Entonces, razonan algunos, los kirchneristas son unos hipócritas y quienes apoyamos medidas como esta no tenemos memoria. He leído que esa ha sido, palabras más, palabras menos, la misma lectura de algunos políticos de la oposición. Me parece una lectura bastante mediocre.

El segundo argumento es el menos atendible: criticar una decisión correcta porque no se tomó antes me parece un ejercicio de masturbación intelectual. Las respuestas podrían ser de lo más variadas: antes no estaban dadas las condiciones políticas y/o económicas, antes había otras peleas que dar y no se pueden dar todas juntas, antes no era el mejor momento interno o externo o, simplemente, antes el gobierno no quería, no pensaba que fuera necesario, tenía otras hipótesis de trabajo o no había madurado la decisión de hacerlo. O cambiaron de opinión y punto (ay del gobierno que no sea capaz de hacerlo). O, ponele, lo hacen porque son unos oportunistas. A los efectos prácticos, me importa poco, me parece una discusión irrelevante (Quienes leyeron mi libro “Matrimonio igualitario” recordarán lo que digo, sobre la misma crítica, con relación al apoyo del gobierno a esa ley, en el capítulo titulado “K o no K”).

Lo importante es que ahora lo están haciendo y es, en mi opinión, la decisión correcta, la mejor para el país, como lo fue nacionalizar los fondos de las AFJP, reformar la Corte, apoyar el matrimonio igualitario, renegociar la deuda, impulsar la derogación de la obediencia debida y el punto final y la reapertura de las causas contra los genocidas del Proceso, reposicionar al país en el contexto latinoamericano, reformar la ley de medios, aprobar la AUH, etc. Varias de esas y otras decisiones que aplaudo también fueron criticadas porque no lo hicieron antes, porque eran proyectos de otros, porque antes no habían asumido públicamente esa bandera o porque antes fueron socios políticos de un gobierno que hizo lo contrario. Cierto, pero irrelevante. Creo yo que a un gobierno se lo juzga por lo que hace, no por la especulación filosófica sobre por qué no lo hizo antes, por qué lo hace justo ahora, con qué motivaciones profundas, o qué pensaba sobre la posibilidad de hacerlo cuando no tenía la posibilidad, porque no era gobierno. Y creo que cada medida se juzga por la medida en sí, interrelacionada con las demás medidas que forman parte de la política de ese gobierno, en el contexto del momento en el que se toman, teniendo en cuenta las condiciones políticas e identificando, en el marco general, una dirección más o menos coherente que va para un determinado lado. Y no por el archivo de TVR o 678.

Eso no invalida las críticas por lo hecho o lo no hecho antes, así como no invalida las críticas por lo que se hace mal ahora, que yo también hago cuando lo creo necesario. Pero el argumento “Los Kirchner, en los noventa…” para criticar al gobierno de Cristina, modelo 2012, me parece una boludez. ¡Es seissieteochismo a la inversa! Y como yo quiero un kirchnerismo sin 678, lo mismo les pido, por coherencia, a los antikirchneristas. El recorte de archivo es una herramienta útil para la chicana y para la televisión, que muchas veces se parece a la chicana, pero pocas veces es un buen argumento para analizar la política en serio, en el mundo real. 678 recorta arbitrariamente fragmentos discursivos descontextualizados, los edita, los coloca en otra línea de tiempo y los asocia a otras situaciones de enunciación para producir un efecto fácil en el espectador. Es un show repetitivo por el método y poco serio por el contenido, que busca descalificar a ciertos enunciadores (los mismos a los que, quizás, el propio 678 elogió antes, mordiéndose la cola) más que discutir sus discursos.

En los noventa, yo estuve en contra de la privatización de YPF — es más, milité en contra, como milité en contra de prácticamente todas las políticas del menemismo, con la única excepción, que recuerde ahora, de la abolición del servicio militar obligatorio. Por lo tanto, en su momento también estuve en contra de la posición de los Kirchner sobre YPF y otros temas (aunque, seamos memoriosos, Néstor y Cristina se opusieron a muchas otras medidas del menemismo y fueron considerados enemigos por Menem, aunque, por la lógica interna del peronismo, no hayan sacado los pies del plato). Si nos vamos a poner a hacer un juicio histórico, diría que la posición del entonces gobernador de Santa Cruz fue equivocada y mala para el país. Entre otras cosas, por eso no lo voté a Néstor en el 2003. Pero después el tipo llegó al gobierno e hizo buena parte de las cosas que yo esperaba que otros, a los que les creía por su trayectoria, hicieran. Chacho había estado en contra de los noventa sin fisuras y desde el principio, pero después, en el gobierno, convalidó mantener la convertibilidad, apoyó la ley Banelco (sí: estuvo en contra de que usaran la Banelco para aprobarla, pero apoyó la ley) y fue a buscar a Cavallo para que salvara al país. ¿Entonces? A Chacho sí lo voté, y con él, a De la Rúa. ¿Con qué derecho voy a decirle ahora a Cristina que ella no tiene derecho a hacer lo que a mí me parece bien y hace años espero que alguien haga porque, en los noventa, no estaba con Chacho en el Frente Grande?

Aun cuestionando la posición de los Kirchner en los 90 durante el debate por la privatización de YPF, debería poner esa posición en contexto, ubicar al gobernador como gobernador, con sus responsabilidades y necesidades de la época, y atender toda otra serie de variables de análisis que existen en la política real. Probablemente concluiría, igualmente, que, en mi opinión, estuvo mal. ¿Y entonces? ¿Qué relevancia tiene ese juicio personal, hoy, en 2012, para analizar las políticas del gobierno de Cristina, y antes el de Néstor, en lo que se refiere al desarme del modelo instaurado por el menemismo? En mi opinión, fuera del interés histórico, aporta poco y nada. Y sería un acto de arrogancia.

Lo que importa, hoy, es que el país puede recuperar YPF. Quizás la mejor virtud del kirchnerismo sea, justamente, lo que le señalan como contradicción: esa capacidad de sorprendernos haciendo buena  parte de las cosas en las que siempre creimos, esas cosas que creíamos que harían otros que no se animaron, esas cosas que hasta ayer pensábamos: “¡Qué bueno que sería! Pero no se van a animar…”. Se animan, nos corren el arco de lo posible, nos hacen querer un poco más.

Si mañana Cristina se anima con la despenalización del aborto, ¿van a recordarle que alguna vez dijo que estaba en contra?

Yo no".

Bruno Bimbi (33) es periodista, profesor de portugués, máster en Letras por la Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro y doctorando en Estudios del Lenguaje en la misma universidad. Actualmente coordina la campaña por el matrimonio igualitario en Brasil. Es activista de la FALGBT y autor del libro “Matrimonio igualitario” (Planeta, 2010). Escribe el blog Tod@s en la web de TN.

Para seguir leyendo




domingo, 15 de abril de 2012

LA TOLERANCIA A LA CORRUPCIÓN

En La Nación de hoy, JorgeFernández Díaz reflexiona sobre la tolerancia a la corrupción de muchos kirchneristas bienintencionados. ¿Saben qué? Creo que el tipo, en mucho de lo que dice en el artículo/editorial, tiene razón.

Si vamos a encubrir o justificar cada acto de corrupción de un gobierno porque "la oposición es impresentable" o porque "le hacemos el juego a la derecha", estamos fritos. Y no estoy hablando específicamente de Boudou, ya que ignoro los pormenores del caso y no me interesan demasiado. Creo que hay problemas más importantes.
Antes de copiar el artículo, aclaro que:

1)      La honestidad es un valor, pero el "honestismo" es una desgracia, que consiste en reducir la discusión política a la esfera judicial de quién roba y quién no roba. El honestista se vive quejando de que los políticos "son todos chorros", "sunabarbaridá", "sinosepuedevivír", "en un país en serio....". Al respecto, me parece iluminador el siguiente post de la MAK.

2)      Me molesta el “intencionalismo”, particularmente el lilitacarriotense, que en lugar de analizar las consecuencias de una medida política, se centra en las intenciones –casi siempre “perversas”/”malignas”- de aquellos que la implementan. Hay una frase de Carrió que es sintomática: "bajo la máscara de lo mejor, se esconde lo peor".

3)      Me parece fundamental leer, cada tanto, las lecciones que Max Weber expuso en su magnífica conferencia, titulada “La política como vocación”. Toda democracia es, en cierto sentido, una forma velada de oligarquía. Toda institución es imperfectamente representativa y todo gobierno que se ve obligado a obtener el asentimiento de múltiples grupos o personas actúa con lentitud y ha de tomar en cuenta la estupidez y el egoísmo de los seres humanos.


4) Comparto esto que escribió Eduardo Blaustein: En estos días se hace difícil soportar la hipocresía de los que aplaudieron a la dictadura o al menemismo y hoy gritan “¡república!”, los que se beneficiaron con la extranjerización de la economía y hoy braman “¡Techint!”. Lo mismo sucede con los demócratas bien peinados que consideran que los pobres de todas partes, todos y cada uno de ellos, no están en condiciones de votar mejor ya sea que no saben razonar, no disfrutan de la impecable autonomía de pensamiento que sí calzan los carapálidas de Palermo Chico o sencillamente son tan miserables que están dispuestos a vender su voto al primer puntero que les pinte. 


Definitivamente, ciertos modos de concebir la democracia, la República, la Justicia, la corrupción, el clientelismo, son chiquitos, chiquitos, chiquitos. El “honestismo”, escribió Caparrós, es esa “idea tan difundida según la cual –casi– todos los males de la Argentina contemporánea son producto de la corrupción en general y de la corrupción de los políticos en particular”.

Hay muchos modos de encarnar esa proposición del “honestismo”. Si es por la corta idea del ciudadano honesto, se puede ser un perfecto hijo de puta en el maravilloso marco de la legalidad y la ética republicana. Pagando buena plata a un estudio de abogados patricios en caso de pleito, diseñando leyes desde el poder del dinero o moldeándolas por lobby, se puede cagar la vida de millones de prójimos sin que medien ni la truchada ni la coima. Se pueden acumular grandes ganancias y a la primera brisa en contra despedir personal a lo pavo. Se puede quintuplicar en un día el precio del barbijo antigripe porcina o la vacuna. Se pueden fabricar cigarrillos, asbesto, DDT o glifosato y decir no pasa nada. Se puede ser megabanco transnacional y pagarle a una calificadora de riesgo para quedar como campeón global de la seriedad. Se puede explotar mano de obra semiesclava boliviana y vender marcas fashion. Se puede hablar de los nobles valores del campo y negrear peones o explotar niños. Se pueden dejar morir de SIDA a millones de africanos por un asunto de patentes. Se puede empobrecer a otros tantos millones perorando sobre “industria del juicio”, “pérdida de competitividad”, “estímulo del empleo joven” e incluso “generación de nuevas fuentes de trabajo”

En poco más de un cuarto de siglo asistimos, no sólo en Argentina, a la liquidación de los estándares de bienestar. Pero ante escándalos menores nos acostumbramos a creer que al postear una puteada contra un político corrupto estamos ejerciendo a tope nuestro derecho ciudadano.

Cito el artículo in extenso, y cada uno saque sus propias conclusiones:

La dolorosa traición de los progresistas

Por Jorge Fernández Díaz

Un intelectual progresista, en representación de muchos, sugirió que el escándalo Boudou no era importante. Que siguen apoyando al Gobierno por sus "políticas globales" y que cerrarán filas. Ese pensamiento ruin sintetiza todos los vicios de un sector ideológico que durante años fue la última línea de defensa frente al avance de la corrupción, la impunidad y la prepotencia del poder. Y que ahora ha adoptado la negación, el relativismo moral y el verticalismo más reaccionario.

Se ve que entre las "políticas globales" que apoyan los progresistas del kirchnerismo no figuran la transparencia, la lucha contra la corrupción ni la independencia judicial. Y que las "políticas globales" no pueden seguir defendiéndose mientras el propio proyecto se saca de encima las lacras que lo acechan. Es difícil entender esto último: tienen la insólita idea de que tapando los pecados de su propio gobierno le hacen un favor. El progresismo brasileño, por ejemplo, muestra que esto es un verdadero disparate y que un gobierno se fortalece cuando demuestra su integridad. Dilma Rousseff habló recientemente en Harvard y dijo que "Brasil hace un gran esfuerzo luchando contra la corrupción". Luego añadió que su legado iba a ser dotar al Estado de transparencia puesto que la corrupción era enemiga de "la eficiencia, la meritocracia y el profesionalismo".

No le ha temblado el pulso para deshacerse de colaboradores de turbia gestión. Y los intelectuales y artistas del progresismo de Brasil apoyan fervorosamente las purgas ministeriales, jamás apañan a los sospechosos y no se les pasa por la cabeza la ocurrencia de ver detrás de cada investigación periodística o judicial la mano de una conspiración golpista. Si los progresistas argentinos hubieran vivido en Norteamérica durante los años 70 habrían caracterizado al Watergate directamente como un golpe de Estado.

Pero aquí no estábamos ni siquiera en los inicios de un Watergate. Apenas se llevaban a cabo las diligencias mínimas que están previstas en cualquier democracia para investigar presuntos negociados del poder. Esos negociados -perdón por la herejía- ahora me resultan mucho menos graves que el pavoroso estropicio institucional y político que provocó el Gobierno para taparlos. Con el objeto de limpiar una mancha en una sábana, el Gobierno dinamitó la casa con techo y todo.

El monólogo del vicepresidente y sus acciones posteriores tuvieron como clara intención sacar de la cancha al juez que lo investigaba, cargarse al procurador de la Nación que no supo protegerlo y advertirle a cualquier miembro del Poder Judicial con ánimo de realizar pesquisas alrededor del gabinete nacional, que se arriesgará a hostigamientos públicos y privados, escarnio, denuncias y hasta jurys de enjuiciamiento. "Ningún juez podrá investigarnos, somos intocables, tomen nota", es la traducción libre de todos estos movimientos.

A medida que pasaron los días quedó demostrada, ante la opinión pública, la promiscuidad entre funcionarios nacionales y la corporación judicial. Quedó también patentizado por qué las causas de corrupción contra los funcionarios han entrado siempre en vía muerta. Y por qué en el diccionario kirchnerista "procurador" significa: hombre nuestro que procura que nuestros chanchullos no tengan castigo.

El mensaje hacia jueces y fiscales es amedrentador: el próximo que intente cumplir con su misión será perseguido y bloqueado en su carrera profesional. Aquí hubo una falla de seguridad, echaron a un guardaespaldas de dignos modales y trajeron a un soldado. Ahora el avance de las causas dependerá del coraje individual de algún juez honesto y la investigación periodística volverá a ser un género de la ficción, puesto que no tendrá correlato en la realidad jurídica. Así la Máquina de Triturar Periodistas y Maquillar la Verdad dirá una y otra vez que los casos son un invento de los "medios hegemónicos" y de nosotros, los esbirros de escritorio.

La calidad institucional no gozaba de su mejor momento en la Argentina, pero se cayó varios escalones en estas últimas horas. Ya no se trata de la inocencia o culpabilidad de Boudou. Se trata de algo mucho más grande. Aunque convengamos que el miedo era tan intenso que no trepidaron en tirar por la ventana a un prócer del setentismo acusándolo de tráfico de influencias, ni en revelar diálogos secretos que los autoincriminan política y penalmente con tal de pasar a retiro a Daniel Rafecas.

El Gobierno no podría llevar a cabo este tétrico espectáculo si el progresismo rompiera el silencio y dijera basta. Sé que en esa caudalosa corriente de pensamiento hay muchas personas que están consternadas, pero que callan por temor a ser arrojados fuera del paraíso. O porque ceden a la gastada extorsión de que convalidar disciplinadamente lo abominable es necesario para no ser "funcionales a la derecha". Los cínicos y fanáticos no tienen cura. Pero los kirchneristas de buena fe sí la tienen. Hay miles. Tragan y tragan sapos, sin saber que su voz sería fundamental para que los canallas no se salgan con la suya y para que nuestra sociedad política no se dirija nuevamente a una frustración y a un chiquero. Incluso para mejorar el gobierno que adoran. Mientras no lo hagan, todos deberemos entender que la última línea de defensa se ha quebrado. Y que el progresismo traicionó su propia naturaleza.