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sábado, 17 de septiembre de 2011

FÉLIX LUNA Y LOS SOLDADOS DE PERÓN


Al leer el pésimo prólogo de Félix Luna a la reedición del buen libro de Richard Gillespie: Soldados de Perón, historia crítica sobre los montoneros -editado originalmente en inglés en 1981-  me dan ganas de cortarme las venas con una galletita de agua.

En la nocturna claridad sin luna del “pensador” radicheta no existe explicación histórica ni política, sino pura y simple “locura”:

“Lo que va a leerse en las páginas que siguen, es la historia de una locura. Una locura que al principio se apoderó del espíritu de un puñado de muchachos pertenecientes a clases medias altas, y luego inficionó todo el cuerpo social argentino. Fue, en un comienzo, una aventura casi quijotesca, atravesada de nobles ideales: terminar con la injusticia social, oponerse al autoritarismo de un régimen ilegítimo (…) el trágico erotismo de la muerte".

Y más adelante, con la contundencia de un cross de Tyson a la mandíbula, Luna demuestra la plena seguridad de quien ignora la duda:

(…) Quiero decirlo sin atenuar mi juicio con ningún matiz exculpatorio: los Montoneros me repugnaron siempre. Por sus métodos en primer lugar, pero además por sus pueriles y contusos objetivos y hasta por la calidad humana de sus dirigentes. No siento la menor admiración por ellos (…) En esta coyuntura, donde no se trataba de asesinar a gente inerme o ensayar operaciones sorpresivas sino de matar o hacerse matar”

¿Para qué cuernos Félix Luna antepone semejante prólogo? ¿Para hacerse notar mostrándonos su  valentía, honestidad, cordura y compromiso con los valores de la democracia republicana? ¿Para reinstalar nuevamente la nefasta teoría/metáfora de los dos demonios?

Si la violencia de aquellos años se explica básicamente por una suerte de brote de locura romántica, ¿cómo es posible que haya ocurrido en los 70 y no en 1945 o 1930?, ¿porqué no sólo pasó en la Argentina sino también en diversos países de la región y casi al mismo tiempo? ¿Se trató de una suerte de “pandemia latinoamericana” que afectó a burgueses aburridos en busca de aventuras? ¿Aquello ocurrió hace más de treinta años y no ahora porque nuestro pueblo y nuestros gobernantes nos hemos vuelto “más cuerdos”, más maduros y/o de súbito nos transformamos en lectores/practicantes devotos de las enseñanzas de Voltaire?



Luna ilustra su pseudo-argumentación haciendo referencia a un libro muy endeble, curiosamente defendido hace poco por Tomás Abraham:

“Al fin y al cabo, Montoneros no era otra cosa que un grupo de “soberbios armados” –para usar la expresión de Pablo Giussani".

Que el prólogo sea obra de alguien que se define como historiador me resulta difícil de creer: a la trabajosa investigación de Gillespie, a la que Luna califica de “deliberada asepsia”, le antepone como toda explicación histórica una suerte de “locura” y “quijotismo” juvenil.

Es casi como si a la pormenorizada biografía del historiador británico Ian Kershaw sobre Hitler se la deseche para reemplazarla por una especie de informe psiquiátrico acerca de lo terriblemente loco, delirante, antisemita y criminal que era Don Adolfo, y luego tratar de demostrar cómo un pirado pudo engañar a todo un pueblo prístino e inocente para llevarlo a ser cómplice e incluso partícipe directo del asesinato de millones de personas.

La “locura” es enajenación, demencia, desequilibrio,  insensatez: para el "loco" no existe la ideología, ni las tradiciones históricas, ni prácticas devenidas del contexto político y social. El "brillante" prologuista prefiere tranquilizar su conciencia y reducir la complejidad de lo real volcándose a la consagración del sinsentido. 

El investigador Gabriel Rot, haciendo referencia a diversos textos consagrados al “setentismo”, lúcidamente advierte:

“Es llamativo el esfuerzo por conformar un universo militante basado en el despojo de cualquier sentido, saber y práctica política, siempre subsumido en la subjetividad de pequeños burgueses insatisfechos que buscan escapar a una vida grisácea o están sometidos a sus pulsiones descomedidas, las que, además, tienen una contundente filiación con las de sus oponentes. Las profundas aspiraciones revolucionarias, condicionadas e interpeladas por los tiempos de convulsión social en las que se inscriben como experiencias políticas personales y colectivas, apenas serán consideradas meras ambiciones redencionales”. (El Dipló 141, marzo 2011)

Casualidad o causalidad, el texto de Luna alcanza evaluaciones muy similares a la prensa del Proceso, que hablaba de los “apasionados de la muerte", "los héroes trágicos"; de “un comportamiento social que raya con el amor hacia la muerte” (Estado Mayor de la Opinión Pública, Buenos Aires, Núm. 13, 1978)

Quienes tienden a consagrar la teoría de los dos demonios se olvidan, interesadamente o no, algunas cuestiones que no deberían pasar por alto, que muy atinadamente destaca Rot en el citado artículo del Dipló:


“¿Por qué organizaciones armadas que contaban con precisa inteligencia sobre su enemigo (de ello también dan cuenta los servicios de inteligencia) causaron entre 1958 y 1979 alrededor de 650 bajas (1), la inmensa mayoría en enfrentamientos armados no provocados por ellas, lo que pone en duda esa supuesta fascinación por la muerte? El sociólogo Juan Carlos Marín señala de hecho que de un total de 5.547 operaciones guerrilleras realizadas entre mayo de 1973 y marzo de 1976, el 81,8% no produjo baja alguna, mientras que de 2.945 operaciones antisubversivas, el 71, 9% sí lo hizo (2)”

Es cierto que la guerrilla produjo la irreparable muerte de inocentes, como la hija del capitán Humberto Viola. También debemos recordar el bombardeo a Plaza de Mayo del 55’ -que causó la muerte de 308 personas e hirió a más de 700- , la masacre de Trelew... Ni hablar del accionar de la Triple A, donde en dos años fueron asesinados más de 1.500 militantes.

¿Por qué sepultar en el olvido  el trabajo político, sindical, estudiantil y barrial en las villas, los discursos en las fábricas y en los establecimientos educativos, la incautación de mercaderías para su distribución en incontables repartos en barrios obreros y zonas carenciadas? Reducir el accionar guerrillero a locura, desvaríos y muerte es un sesgo tal que sólo puede deberse a ignorancia, pereza mental o intereses canallescos.

Hacer caer casi todo el peso de la culpa por los años de plomo a “la locura” de los montoneros –entre paréntesis, las organizaciones armadas fueron muy numerosas y de extracciones políticas distintas, tales como PRT-ERP, FAP, FAL, EGP, FARN, Uturuncos, Descamisados, Fracción Roja, grupo Cristianismo y Revolución, etc.- por una práctica política que no se inició con el asesinato de Aramburu ni con los  muertos del asalto al Policlínico Bancario en 1963, es producir un olvido interesadamente político.

Hay que huir del binarismo maniqueo que disculpa todo el accionar de la “juventud maravillosa” tanto como del que reduce la cuestión a "jóvenes perturbados enamorados de la violencia".

Está claro que no hay chance de hacer un trabajo serio sobre el pasado sin el adecuado estudio y establecimiento de los hechos. Posteriormente vendrá la interpretación: relacionar unos hechos con otros, seleccionar, establecer nexos causales, jerarquizar y combinar la información disponible. Ahora bien: si la interpretación de los hechos históricos se  reduce a la evaluación de un accionar situado en la subjetividad de jóvenes perturbados y amantes del riesgo y de la muerte, como pretenden prólogos TREMENDAMENTE PELOTUDOS como el de Félix Luna, estamos fritos.

(1)     AUNAR, Asociación Unidad Argentina: “Subversión. La historia olvidada, AUNAR, Bs As, 1999.
(2)    Juan Carlos Marín, Los hechos armados, PICASO/La Rosa Blindada, 2da. Edición, Bs As., 1996, págs. 78 y ss.

Para seguir leyendo: aquí y aquí.


miércoles, 24 de agosto de 2011

POLÍTICA Y VIOLENCIA: LUCHA ARMADA EN LOS 70's (PRIMERA PARTE)

Este post y dos más que pienso escribir responden a cierta indignación de mi parte a partir de lo que considero giladas dichas por Tomás Abraham en una nota que salió en Perfil (editorial que suele ser una cagada también de frente). Aclaración: me cae bien TA, me parece un tipo macanudo, sólo que no acuerdo con la mayoría de sus análisis acerca de la coyuntura política.

Voy a tratar de despejar diversos malentendidos, afanándole varias ideas al artículo de la politóloga Pilar Calveiro aparecido en la revista Lucha Armada (número 4) y que está basado en un libro que recomiendo fervorosamente: Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70.Entre

Antes de ir a la descripción histórica de esos años -cosa que haré en un próximo post- , creo importante complejizar algunos conceptos y contextualizar algunas cuestiones:

MEMORIA: los argumentos que siguen a frasecitas del tipo "se cuenta la mitad de la historia" o "tenemos una memoria mutilada" tienden a ser medio pelotudos. Aquí y aquí puse algo sobre "la memoria". No hay "dos mitades" de la historia, ni tres ni cuatro ni siete: LA MEMORIA NO ES UN LEMON PIE. Sintéticamente: la memoria = recuerdo + olvido. La memoria siempre es una suerte de mezcla entre olvido y recuerdo de momentos vividos, libros leídos, manipulaciones políticas varias, etc. Para recordar mejor hay que saber olvidar. Quien recuerda cada detalle como un Funes el memorioso no puede pensar: quien para contar una película de hora y media emplea tres días porque es un prodigio de la memoria no sabe abstraer lo esencial de lo accesorio; quien no recuerda casi nada del contenido de la película no puede contar qué le pareció.

Así como no podemos hablar de identidades en singular, sino que existen identidades diversas que se superponen ya sea en una persona, un grupo social o una nación; no existe la memoria en singular, sino memorias siempre plurales, diversas y contradictorias.

De ahí que me suela parecer una pelotudez cuando personas mayores tiran frases del tipo: "yo esa historia la viví, no me la contaron, no me vengas con...". LA MEMORIA ES PLURAL, LA CONCHA DE TU MADRE!! Si dos pelotudos no nos ponemos de acuerdo en quién fue la figura de tal partido de fútbol, ¿como carajo pretender clausurar el debate sobre un período tan complejo desde tal o cual vivencia  personal?

¿Para qué la memoria? Entre otras cosas para establecer "puentes de sentido" que vinculen aquella forma de entender la política y la violencia con las prácticas actuales, para iluminar una con la otra, para descifrar el pasado desde miradas renovadas por una experiencia más amplia pero también para decodificar el presente desde la distinción, que permite afirmarlo como otro a la vez que reconoce las posibles conexiones.

Así como el dinero llama al dinero, la memoria llama a la memoria: todo acto de memoria convoca a otros actos de memoria que lo convalidan, lo cuestionan, lo discuten, lo desmienten.

Según Calveiro: "Cuando se habla de memoria se suele restringir la peculiaridad de la experiencia a una especie de relato sensible, incluso sensiblero, poco elaborado y encerrado en una historia individual, casi autónoma de lo social.

En oposición a esta idea, considero que la memoria no implica la suspensión de la racionalidad analítica, ni mucho menos la complejidad del análisis".


CONTEXTO INTERNACIONAL: El siglo XX fue seguramente el más sangriento en la historia de la humanidad. 1) Primera Guerra Mundial (10 millones de muertos aprox.), 2. Entreguerras y ascenso de los totalitarismos; 3. Segunda Guerra Mundial (54 millones de muertos aprox.), 4. Guerra Fría.

La Guerra Fría, dentro de la que se inscribió nuestra "guerra sucia", no fue un período de pacificación sino de desplazamiento del conflicto y de sus costos, de los países centrales hacia los países del entonces llamado Tercer Mundo. Dado el desarrollo de la tecnología nuclear, un posible enfrentamiento de las potencias entre sí hubiese implicado la destrucción del mundo mismo, por ello se lo dividió en dos campos enfrentados y en disputa, un mundo bipolar, a pesar de todos los esfuerzos terceristas.

En los años setenta, nos recuerda Calveiro, la bipolaridad comprendía la lucha entre dos modelos de hegemonía con pretensiones igualmente mundiales: el capitalista y el socialista, que se asumían no como adversarios sino como enemigos antagónicos. Ambos tenían rasgos extraordinariamente comunes: ponían el acento en la determinación de lo económico y en la centralidad del Estado.

En síntesis, según Calveiro "las lógicas de ambos antagonistas, que permearon la organización mundial de las relaciones de poder, en primer lugar, eran económicas y estadocéntricas; su racionalidad era binaria y su froma de expansión y de defensa, la guerra"

GUERRILLA URBANA Y TERRORISMO NO SON SINÓNIMOS: Calveiro: "El terrorismo se caracteriza por tratar de generar terror social con el objeto de producir una parálisis tal que le permita imponer una determinación política. Para ello destaca actos de violencia que deben ser indiscriminados, de manera que cualquiera pueda sentirse blanco de los mismos. El ataque a un enemigo militar es la figura de la guerra; el ataque a un enemigo de clase es la revolucion, pero si ese "enemigo" es suficientemente difuso, la lucha en su contra puede alcanzar a cualquiera. El terrorismo es indiscriminado y hace blanco principalmente sobre la población civil. Las organizaciones armadas argentinas no realizaron ataques de este tipo. Sus acciones se orientaban principalmente a obtener recursos económicos y militares, realizar propaganda armada mediante repartos de alimentos, medicinas y otros bienes, asesinar a miembros del aparato represivo, en particular involucrados en la represión y la tortura. Sobre todo en la primera época, previa a 1973, existía un especial cuidado en la planificación militar de las operaciones armadas, con el objeto de evitar cualquier daño sobre civiles. La colocación de explosivos, por lo regular, se realizaba con fines de propaganda y cuidando que no hubiera víctimas. Las formas de la violencia recrudecieron a partir del enfrentamiento con la AAA y, ciertamente, se hicieron más indiscriminadas, pero siempre sobre personal represivo, aunque de rango y responsabilidad menores. Hubo operativos que, siendo contra miembros de las Fuerzas Armadas involucrados en la represión, alcanzaron sin embargo a inocentes, como fue el caso de la hija del Almirante Lambruschini, pero existió solo un par de operaciones militares -realizadas con posterioridad al golpe de 1976- que podrían considerarse francamente terroristas, ya que cobraron indiscriminadamente la vida de civiles. Creo que es importante hacer esta distinción porque considerar cualquier accionar armado como terrorista es una forma de desechar, sin más trámite, a la mayor parte de los procesos revolucionarios de la historia y a muchas de las formas de resistencia".

VIOLENCIA Y ESTADO: En "Para una crítica de la violencia..." Walter Benjamin nos muestra a la violencia como elemento fundante no sólo del Estado sino del derecho que éste configura en torno suyo.

"Fundacion de derecho equivale a fundación de poder y es, por ende, un acto de manifestación inmediata de la violencia". En consecuencia, la legalidad no representa una suspensión de la violencia sino su consumación. Cuando el Estado se erige en detentador monopólico de la violencia legítima no la cancela sino que se la apropia utilizándola para preservar el orden establecido. El uso de la violencia por otros actores políticos comporta el cuestionamiento de este monopolio, que puede ocurrir para la fundación de un nuevo orden y un nuevo derecho. Así, se pueden identificar dos violencias, simétricas en sus fines aunque no necesariamente en sus formas ni en su potencia: violencia que conserva derecho y la que trata de fundar un nuevo derecho.

En los 70 se discutía el monopolio de la violencia del Estado como ilegítimo y se consideraba legítimo, por el contrario, el uso de la violencia para instaurar un nuevo orden, definido como más "justo". Se oponían así la violencia estatal y la revolucionaria. Se hablaba de "guerra antisubversiva", por un lado, y de "guerra popular y prolongada", por el otro. No fueron ni una cosa ni otra, nos dice Pilar Calveiro: "La 'guerra popular y prolongada' no pasó de ser guerrilla urbana o rural, en algunos casos, y la 'guerra anti-subversiva' no fue más que una política represiva de estado basada en el terror".

GUERRA SUCIA: Siempre según Calveiro, "la expresión latinoamericana de la Guerra Fría fueron las llamadas "guerras sucias", es decir la desaparición de personas, involucradas en proyectos políticos alternativos, armados y no armados, como parte de una política de Estado. En este contexto se inscribieron tanto el Plan Cóndor, en los años setenta, como las guerras en Centroamérica, en particular Guatemala y Nicaragua, durante los ochenta.

Como es bien sabido, en la distribución bipolar del mundo, América latina 'pertenecía' al Occidente capitalista, con la excepción de Cuba. (...) El control de América latina dentro del capitalismo occidental (por parte de Estados Unidos) fue una precondición para conquistar la hegemonía planetaria.

Se instrumentó entonces la tan conocida política de seguridad nacional, que remitía cualquier conflicto nacional a la confrontación global entre capitalismo y socialismo. Se la aplicó en todos los países a través de los aparatos represivos del Estado, apoyados por los servicios de inteligencia norteamericanos.

La organización bipolar del mundo se 'clonó' hacia dentro de las fronteras nacionales y estructuró la lucha política en campos separados y enemigos. Por una parte, los Estados, en la defensa del statu quo occidental y por otra un sinfín de organizaciones, partidos de izquierda y movimientos que pugnaban por modelos alternativos, genéricamente definidos como socialistas, de corte nacional popular y que se planteaban adueñarse del aparato del Estado para establecer un orden nuevo, mediante un proceso revolucionario.

Si la palabra clave del escenario internacional fue la guerra, la palabra clave de la política latinoamericana fue revolución, pero también aquí los antagonistas giraban en torno al control del Estado, reproduciendo la visión estadocéntrica predominante en el terreno internacional.

La idea de la Revolución, así, con  mayúsculas, se ha ido expulsando del imaginario político. Sin embargo, en los años setenta era parte nodal de la propuesta de la mayor parte de los grupos disidentes. Hacer la revolución era tomar el aparato del Estado para abrir un proyecto que prometía ser radicalmente nuevo, nacional, aintiimperialista y, en consecuencia, de ruptura con el orden capitalista. Un proyecto que prometía transformar las relaciones del espacio público y privado y crear un hombre nuevo: una especie de milagro. Esa gran revolución convocaba, en primer lugar, a la acción.

El tema de la acción se ha malinterpretado con frecuencia. El énfasis en ella no implica, necesariamente, la falta de teoría ni mucho menos de racionalidad o reflexión. Por el contrario, tanto la acción como el discurso son inseparables de la política. Decía Hanna Arendt, de indiscutible filiación republicana, en un texto que se tradujo al español precisamente en los años setenta:

'Dejados sin control, los asuntos humanos no pueden más que seguir la ley de la mortalidad... La facultad de la acción es la que interfiere en esta Ley... El lapso de vida del hombre en su carrera hacia la muerte llevaría inevitablemente a todo lo humano a la ruina y la destrucción si no fuera por la facultad de interrumpirlo y comenzar algo nuevo, facultad que es inherente a la acción... La acción es la única facultad humana de hacer milagros, como Jesús de Nazaret... el nacimiento de nuevos hombres y de un nuevo comienzo es la acción... Sólo la plena experiencia de esta capacidad puede conferir a los asuntos humanos fe y esperanza' (Hanna Arendt, La condición humana)

Finalizo con una idea de Calveiro que me parece muy importante: "La 'espiral de violencia', como una especie de tornado, se traga primero y antes que nada al más débil. Entre la insurgencia y el Estado, puestos a desafiarse en el terreno de la fuerza, gana el Estado. Sólo hay un lugar desde el que la insurgencia puede triunfar y éste es la lucha política. Los cubanos no le ganaron a Batista por su potencial militar, le ganaron políticamente".

Termino con dos reflexiones de Alejandro Kafuman que son bastante complejas de interpretar en todos sus matices:

"La llamada teoría de los dos demonios presumía una simetría entre dos contendientes. ¿Pero en qué consistía esa simetría? Contra lo que se suele suponer, la simetría alegada no es la referida a la violencia recíproca (esta es la versión más vulgar y estólida de la teoría de los dos demonios), sino al carácter de ilegalidad que concernía a ambos términos de la ecuación. En tiempos institucionalmente democráticos de los setenta, y también antes en la medida en que se apostaba por la revolución y no por la mera restauración constitucional durante gobiernos militares, los actores revolucionarios habrían actuado en forma ilegal. Habrían actuado como asociaciones ilícitas insurrectas, transgresoras de la constitución nacional y el código penal, y por lo tanto eran acreedoras de un castigo por parte de las fuerzas de la ley. El problema aquí no era el de la represión, ya que eso es lo que correspondía, sino el carácter ilegal que asumió la represión en la dictadura del 76. Si hubiera actuado en los términos del código penal, sólo hubiera restado un demonio: el de los subversivos. Es de eso de lo que tanto se han lamentado intelectuales, políticos y ciudadanos en estos últimos treinta años. ¿Cómo no fusilaron a los insurrectos, reprimieron de alguna otra forma legítima a esos delincuentes? (...)"

Como bien sugiere Kaufman, es intelectualmente pobre especular sobre lo que hubiera pasado si la guerrilla hubiese triunfado. Esas pelotudeces del tipo "si  los montoneros hubiesen ganado seríamos Cuba (????)" son nefastas. Quienes estaban comprometidos con formas de la debilidad, sabían -creían- que iban a morir como lo saben todos aquellos que no ignoran que la justicia siempre está del lado de los vencedores.  No es una afirmación soberbia sino más bien de amargura trágica. No experimentan AHORA una revelación que YA SABÍAN.

En el próximo post resumo algunos acontecimientos históricos. Me parecía importante hacer estas aclaraciones antes, como para clarificar -o en rigor complejizar- un poco el panorama, sobre todo porque al leer la nota de Abraham y los comentarios de los lectores me pareció que se decían muchísimas pelotudeces.

Aquí la segunda parte.

lunes, 22 de agosto de 2011

NO ENTIENDO A TOMÁS ABRAHAM

Leo una nota de Tomás Abraham escrita en Perfil del domingo 21 de agosto de 2011, aquí la nota.

Abraham sugiere que "Gabriel Mariotto, Mario Oporto y Jorge Coscia, le harían un gran bien al país, y en especial, a la juventud argentina, si se pusieran de acuerdo para difundir este libro en las aulas, en los medios de comunicación públicos, y proponerlo para el debate ciudadano. Educación y cultura es el ámbito en el que Montoneros-La Soberbia Armada de Pablo Giussani debe ser no digo sólo discutido, ya que polemizar es lo que más gusta y con frecuencia lo que impide pensar, sino al menos leído".


Sobre "política y violencia", puse éste, éste y éste post. 

En principio no creo que "polemizar" sea algo tan nocivo, ni le escapo al "conflicto" como forma de hacer política. No me rasgo las vestiduras por el hecho de que nosotros no debatamos como suizos, o como nos imaginamos que debatirán los suizos.

No terminé de leer el libro de Giussani, espero poder hacerlo en algún momento. Su interpretación me parece muy cercana a la metáfora nefasta de "los dos demonios". Estoy en desacuerdo con que su lectura "le haría un bien al país" y particularmente "a los jóvenes".


¿Por qué sería deseable que fuese de lectura obligatoria ese libro? ¿Por qué no la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi o Política y/o violencia o Poder y desaparición de Pilar Calveiro? ¿Por qué no los libros de Richard Gillespie o Juan Gasparini sobre los montoneros? ¿O la biografía de Santucho, Todo o nada, escrita por María Seoane? ¿Y por qué no los debates encendidos en torno a la "Carta de Oscar del Barco" a partir de la entrevista con Héctor Jouvé?  O Maus, de Art Spiegelman, que tiene ilustraciones y es una historieta con la que los chicos pueden entretenerse al tiempo que reflexionar. Incluso Ante la ley de Kafka... qué se yo.
 
No termino de entender muchos textos de Tomás Abraham. Ojo, soy una persona que ha leído libros complejos, de lectura áspera: Hegel, Heidegger, Bourdieu... Pero a Abraham no termino de entenderlo, en el sentido de que no encuentro una referencia clara sobre "de qué carajo está hablando" cuando analiza la coyuntura política argentina.
 
Su tendencia a utilizar metáforas -el concepto de "intemperie" para explicar el fenómeno kirchnerista, por caso- en lugar de argumentos sólidos me desconcierta. Está bien e incluso es inevitable el uso de metáforas como instrumento retórico al servicio de la exposición argumental, pero cuando se vuelve plato principal es como pretender que el ketchup llene nuestras necesidades nutricias.
 
Es cierto que la idea de "argumentos sólidos" tiene una carga subjetiva muy fuerte, y que nadie puede reclamar para sí el monopolio de la interpretación legítima, pero...
 
Quiero decir: leo un artículo de José Natanson o Verbitsky, suponte, y puedo coincidir o disentir con tal o cual postura, pero sé lo que dicen, entiendo "la referencia". Con la mayoría de los textos de Abraham no me pasa lo mismo. Lo peor es que miro su blog y mucha gente le tira comentarios del tipo: "brillante análisis Tomás", "completamente de acuerdo contigo Tomás".

Tiendo a pensar que creemos "inteligente" a quien expresa lo que pensamos con palabras un poco más floridas y de un modo sofisticado. Creo que William James dijo que la mayoría cree estar pensando cuando no hace más que reordenar sus prejuicios. Pues bien: Abraham se la pasa refritando sus prejuicios una y otra vez, en casi todos los artículos que publica en Perfil o La Nación.
 

Sin embargo, creo que Abraham es una persona inteligente, y me parece que no carece -ni mucho menos- de una formación intelectual bastante densa.

Ojo, entiendo que hay temas que son extremadamente sensibles y refractarios a la interpretación, y que suscitan enconos encendidos: peronismo/antiperonismo, montoneros y lucha armada, judíos y palestinos...

Según Horacio González, con quien a menudo me sucede lo mismo pero con quien acuerdo mucho más: "pensar la política a martillazos parece ser el motto de Tomás Abraham, que posee una formación filosófica nietzscheana-foucaultiana y una escritura que cultiva brillos sentenciosos, y también tajantes giros despectivos. Sabe ver la cultura filosófica en el fárrago de las cosas, entremezclada con el humor de los acontecimientos cotidianos y de las culturas populares (...) Intenta escribir lo que podríamos llamar un manual general de ética política, encarnado en hombres prácticos y amantes de la vida, entendiendo por lo primero un volcarse a la raíz verdadera de lo ideológico, esto es, los actos en el mundo real de la producción; y por lo segundo, un intento de abordar y expresar la verdad personal sin ocultamientos ni oropeles. En este caso, se basa en la promoción foucaultiana de la idea antigua del parresiastés, aquel que dice la verdad como acto agónico en el que funda su existencia, arriesgando quebrar con ello la trama de prevenciones, cortesías e indumentarias sociales de todo lenguaje". 

Más allá de la interpretación de González, es curioso que en la nota Abraham diga  que "polemizar es lo que más gusta y con frecuencia lo que impide pensar". Quiero decir que a mí, Abraham siempre me ha parecido menos un crítico que un polemista, en el sentido de que su discurso está orientado a convencer, a seducir más que a entender los argumentos ajenos y exponerlos.