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lunes, 22 de agosto de 2011

NO ENTIENDO A TOMÁS ABRAHAM

Leo una nota de Tomás Abraham escrita en Perfil del domingo 21 de agosto de 2011, aquí la nota.

Abraham sugiere que "Gabriel Mariotto, Mario Oporto y Jorge Coscia, le harían un gran bien al país, y en especial, a la juventud argentina, si se pusieran de acuerdo para difundir este libro en las aulas, en los medios de comunicación públicos, y proponerlo para el debate ciudadano. Educación y cultura es el ámbito en el que Montoneros-La Soberbia Armada de Pablo Giussani debe ser no digo sólo discutido, ya que polemizar es lo que más gusta y con frecuencia lo que impide pensar, sino al menos leído".


Sobre "política y violencia", puse éste, éste y éste post. 

En principio no creo que "polemizar" sea algo tan nocivo, ni le escapo al "conflicto" como forma de hacer política. No me rasgo las vestiduras por el hecho de que nosotros no debatamos como suizos, o como nos imaginamos que debatirán los suizos.

No terminé de leer el libro de Giussani, espero poder hacerlo en algún momento. Su interpretación me parece muy cercana a la metáfora nefasta de "los dos demonios". Estoy en desacuerdo con que su lectura "le haría un bien al país" y particularmente "a los jóvenes".


¿Por qué sería deseable que fuese de lectura obligatoria ese libro? ¿Por qué no la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi o Política y/o violencia o Poder y desaparición de Pilar Calveiro? ¿Por qué no los libros de Richard Gillespie o Juan Gasparini sobre los montoneros? ¿O la biografía de Santucho, Todo o nada, escrita por María Seoane? ¿Y por qué no los debates encendidos en torno a la "Carta de Oscar del Barco" a partir de la entrevista con Héctor Jouvé?  O Maus, de Art Spiegelman, que tiene ilustraciones y es una historieta con la que los chicos pueden entretenerse al tiempo que reflexionar. Incluso Ante la ley de Kafka... qué se yo.
 
No termino de entender muchos textos de Tomás Abraham. Ojo, soy una persona que ha leído libros complejos, de lectura áspera: Hegel, Heidegger, Bourdieu... Pero a Abraham no termino de entenderlo, en el sentido de que no encuentro una referencia clara sobre "de qué carajo está hablando" cuando analiza la coyuntura política argentina.
 
Su tendencia a utilizar metáforas -el concepto de "intemperie" para explicar el fenómeno kirchnerista, por caso- en lugar de argumentos sólidos me desconcierta. Está bien e incluso es inevitable el uso de metáforas como instrumento retórico al servicio de la exposición argumental, pero cuando se vuelve plato principal es como pretender que el ketchup llene nuestras necesidades nutricias.
 
Es cierto que la idea de "argumentos sólidos" tiene una carga subjetiva muy fuerte, y que nadie puede reclamar para sí el monopolio de la interpretación legítima, pero...
 
Quiero decir: leo un artículo de José Natanson o Verbitsky, suponte, y puedo coincidir o disentir con tal o cual postura, pero sé lo que dicen, entiendo "la referencia". Con la mayoría de los textos de Abraham no me pasa lo mismo. Lo peor es que miro su blog y mucha gente le tira comentarios del tipo: "brillante análisis Tomás", "completamente de acuerdo contigo Tomás".

Tiendo a pensar que creemos "inteligente" a quien expresa lo que pensamos con palabras un poco más floridas y de un modo sofisticado. Creo que William James dijo que la mayoría cree estar pensando cuando no hace más que reordenar sus prejuicios. Pues bien: Abraham se la pasa refritando sus prejuicios una y otra vez, en casi todos los artículos que publica en Perfil o La Nación.
 

Sin embargo, creo que Abraham es una persona inteligente, y me parece que no carece -ni mucho menos- de una formación intelectual bastante densa.

Ojo, entiendo que hay temas que son extremadamente sensibles y refractarios a la interpretación, y que suscitan enconos encendidos: peronismo/antiperonismo, montoneros y lucha armada, judíos y palestinos...

Según Horacio González, con quien a menudo me sucede lo mismo pero con quien acuerdo mucho más: "pensar la política a martillazos parece ser el motto de Tomás Abraham, que posee una formación filosófica nietzscheana-foucaultiana y una escritura que cultiva brillos sentenciosos, y también tajantes giros despectivos. Sabe ver la cultura filosófica en el fárrago de las cosas, entremezclada con el humor de los acontecimientos cotidianos y de las culturas populares (...) Intenta escribir lo que podríamos llamar un manual general de ética política, encarnado en hombres prácticos y amantes de la vida, entendiendo por lo primero un volcarse a la raíz verdadera de lo ideológico, esto es, los actos en el mundo real de la producción; y por lo segundo, un intento de abordar y expresar la verdad personal sin ocultamientos ni oropeles. En este caso, se basa en la promoción foucaultiana de la idea antigua del parresiastés, aquel que dice la verdad como acto agónico en el que funda su existencia, arriesgando quebrar con ello la trama de prevenciones, cortesías e indumentarias sociales de todo lenguaje". 

Más allá de la interpretación de González, es curioso que en la nota Abraham diga  que "polemizar es lo que más gusta y con frecuencia lo que impide pensar". Quiero decir que a mí, Abraham siempre me ha parecido menos un crítico que un polemista, en el sentido de que su discurso está orientado a convencer, a seducir más que a entender los argumentos ajenos y exponerlos.