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viernes, 28 de octubre de 2011

INTELECTUALES, PERIODISTAS, HECHOS E INTERPRETACIONES


Hasta donde leí, Nietzsche jamás dijo que no existiesen hechos sino interpretaciones de los hechos. La cita correcta, si mal no recuerdo, era: “no existen hechos morales, sino interpretaciones morales de los hechos”.

Post Scriptum: "Contra el positivismo, que se detiene en los fenómenos: 'solo hay hechos -yo diría: no, precisamente no hay hechos, sino sólo interpretaciones. No podemos constatar ningún hecho 'en sí'; tal vez sea absurdo querer algo por el estilo" (Fragmentos póstumos, aportados x el amigo Cine Braille).


Más allá de eso, la distinción fundamental que deben tener en cuenta quienes ejercen el periodismo y la opinología es la que divide los hechos comprobados de la ficción.

Roma venció y destruyó Cartago en las guerras púnicas, y no a la inversa; la Guerra de las Malvinas sucedió entre abril y junio de 1982 e involucró a la Argentina y Gran Bretaña, y no a Pakistán o Groenlandia.

Otra cosa es la cuestión acerca de cómo reunimos e interpretamos los hechos. El periodista o el opinólogo intelectualmente honesto chequea la información, nos da herramientas para contrastar sus dichos, cita la fuente, suele incluir bibliografía alternativa o ampliatoria, pone links hacia páginas oficiales donde se publica tal o cual ley, etc.

Como bien ha dicho Hobsbawm: muy pocos relativistas son estrictamente fieles a sus convicciones, al menos cuando se trata de decidir cuestiones como si el Holocausto hitleriano tuvo lugar o no:

“Sin embargo, en todo caso, el relativismo no vale en la historia más de lo que vale ante los tribunales de justicia. Decidir si el acusado en un juicio por asesinato es culpable o no depende de la evaluación de las tradicionales pruebas positivistas, si las hay. Cualquier lector inocente que se encuentre en el banquillo de los acusados hará bien en apelar a ellas. Son los abogados de los culpables los que echan mano de argumentos posmodernos para la defensa”. (Hobsbawm Eric, Prefacio del libro "Sobre la historia")

Un modelo ejemplar de estilo periodístico lo constituye la “Carta abierta a la Junta Militar” de Rodolfo Walsh, escrita con una contundencia, un despojamiento y un rigor argumentativo realmente excepcionales. Walsh no nos habla de la cara de malo de Massera o del bigote de Videla, sino que aporta datos concluyentes. El tipo tuvo inteligencia, talento y coraje, no se limitó a disfrazar sus prejuicios de citas eruditas o lenguaje pretencioso. Tampoco se le ocurrió enturbiar las aguas para hacerlas parecer profundas.

Necesitamos más periodismo de investigación, y no tantas peticiones de principio, citas de autoridad y filosofía mediática para consumo de señoras escandalizadas.

Para no alargar más toda esta perorata, me limito a  copiar un post muy bueno que leí en el blog Nestornautas. Está dirigido a los intelectuales anti-kirchneristas, pero puede extenderse a todos los opinólogos, incluyendo a quien escribe este post:




Por Raúl Degrossi

El domingo Cristina se encamina a obtener un triunfo electoral rotundo, probablemente con el mayor porcentaje de votos que haya obtenido un presidente desde la vuelta a la democracia; seguramente con la mayor distancia con el segundo de la historia argentina.

Con ese triunfo, el kirchnerismo completará doce años consecutivos en el poder, tres mandatos presidenciales, algo que ningún otro movimiento político había conseguido nunca antes en la historia argentina.

Datos de la realidad que hablan de un proceso político que merece un análisis profundo, que aborde toda su complejidad; y que desde la vereda de enfrente -es decir aquellos que critican al kirchnerismo, o directamente lo detestan- todavía está pendiente.

Como el triunfo de Cristina implicará -entre otras cosas- que mucha gente (Sarlo, Abraham, Caparrós, Aguinis, Asís, Kovadloff, Sebrelli, Gregorich y siguen firmas) deberá soportarla a ella y al kirchnerismo otros cuatro años, van unos sencillos consejos para ver si logran levantar la puntería, y contribuyen a mejorar la calidad del debate político en la Argentina:

1. Un proceso político que se extenderá por doce años encierra -necesariamente- complejidades, marchas y contramarchas, contradicciones. Por ende, deseche de inmediato -para tratar de entenderlo o explicarlo- toda explicación simplista o monocausal: correrá el riesgo de no acertar a entender nada, y si no lo entiende, no lo podrá explicar, por más que trate.

2. Es de buen tono en la disputa democrática  no etiquetar de antemano al adversario, menos con desmesuras históricas. Decir cada diez minutos que el gobierno es una dictadura o que practica el fascismo, no ayuda a que la gente común comprenda no ya lo que ustedes opinan del kirchnerismo; sino lo que es una dictadura, o  lo que fue el fascismo.

3. Someta a permanente crítica todos los argumentos, empezando por los propios; y no acepte ninguno que -analizado con cuidado- demuestre que fue construido bajo el previo y necesario supuesto de que los eventuales interlocutores (sean estos lectores, oyentes, televidentes o asistentes a una conferencia), son tarados o estúpidos.

4. Ensaye permanentemente explicaciones del fenómeno kirchnerista prescindiendo de los vocablos “clientelismo” y “cooptación”, u otros similares, que presupongan que alguien obra exclusivamente movido por el dinero. Todos los movimientos políticos de la historia -aun los más execrables como el nazismo- han tenido quienes adhirieron a ellos por razones que juzgaron valederas; aunque uno no las comparta. El asunto para el intelectual es tratar de entenderlas, no de juzgarlas.

5. Deseche por inservibles todos los argumentos vinculados a la “impostura” del kirchnerismo, según los cuáles este se apropiaría de causas justas en las que en realidad no cree; y tampoco pierda demasiado tiempo en buscar en todo acto político -aun en el más noble o beneficioso para el conjunto- las verdaderas intenciones ocultas; y menos que menos las decrete a priori como macabras. No explicará nada con eso, y ni con la máquina de la verdad de Chiche Gelblung podrá demostrar su punto: lo relevante es lo que alguien hizo, sea bueno o malo; por que lo hizo (o peor aun: por que cree usted que lo hizo) es secundario, y puede llegar a ser irrelevante.

6. Deje de repetir constantemente que el kirchnerismo en el gobierno busca “tener caja y acumular cada vez más poder”: no hubo un gobierno en la historia que renunciara a tener y acrecentar una y otra cosa; excepción hecha quizás del de De La Rúa. Ambos elementos son consustanciales a la idea misma de lo que es un gobierno (según la define unánimemente la teoría política); de modo que repetir eso lo convertirá en el hazmerreír de los que entienden del asunto. Concéntrese más bien en analizar para que se usan los recursos de la “caja”, y los instrumentos del poder.

7. Nunca olvide que las personas -en tanto ciudadanos- obran políticamente según sus propias racionalidades instrumentales, y lo que usted considera importante o vital, para otro puede no serlo tanto. Dejar de lado esta regla elemental y sencilla de análisis puede llevarlo a repetir sandeces como “claro, la votan porque cobran la jubilación del ama de casa o la asignación universal, y se olvidan del Indec y el Consejo de la Magistratura”, o peor aun: “ganan las elecciones porque la economía anda bien, la gente tiene trabajo y le aumentan el sueldo, y el gobierno les hace cloacas”. Piense por un momento -sólo por un momento- que en esas circunstancias, lo ilógico sería que el kirchnerismo perdiera las elecciones.

8. No olvide que todos (hasta los propios corruptos) dicen ser honestos y combatir la corrupción; de modo que centrar el análisis político exclusivamente en ese aspecto lo llevará a un irremediable punto muerto: todos le darán la razón, pero nadie le dará bola, porque queda mal darse por aludido en público con ese asunto. Por otra parte, no se puede afirmar que se cree en las instituciones, y al mismo tiempo pretender que, simplemente porque uno diga que alguien es corrupto, ese alguien deba ir de inmediato preso, sin necesidad de pruebas, sentencia o juicio alguno.

9. Respete la expresión de la voluntad popular en todas las circunstancias, le gusten o no sus resultados: no es lógico sostener que los votantes son lúcidos ciudadanos independientes cuanto votan a Macri en la Capital, y pobres víctimas del clientelismo cuando hacen lo mismo con Gildo Insfrán en Formosa. Es casi obvio destacar que, en democracia, todos los votos valen lo mismo: uno.

10. No reclame con insistencia ir a lugares a los que -si lo invitaran- jamás iría, como lo prueba el hecho de que los descalifica de antemano, permanentemente. O sea: no despotrique porque lo excluyen de los medios manejados por el Estado, o que son afines al gobierno; cuando dice todo el tiempo que allí sólo aparecen obsecuentes alcahuetes del poder, que venden su alma por dinero.

11. Resista la tentación de salir corriendo rápidamente a escribir un libro sobre el kirchnerismo y sus circunstancias al calor del momento político, nada más que para poder llegar a tiempo a la Feria del Libro. Las urgencias de las editoriales (y de la propia cuenta bancaria) no suelen ser buena compañía para la reflexión crítica.

12. Infórmese debidamente en forma previa cuando vaya a incursionar en temas ajenos a su área habitual de competencia, cualquiera sea ésta; en lo posible por fuentes científicas y sin recurrir a Wikipedia. Un intelectual no es un todo terreno ni un “experto en cosas”; menos un Pico Della Mirándola, de quien se decía en su tiempo que “sabía de todo lo sabible”. No atender debidamente este punto puede resentir su credibilidad: si usted es crítico literario y dice sandeces sobre economía o sanatea sobre derecho y alguien se da cuenta, probablemente y por carácter transitivo, dejen de comprar los libros que recomienda. 

13. No diga todo el tiempo que es una persona informada porque lee los diarios o mira todos los noticieros, de un intelectual se espera algo más que eso para comprender la realidad y explicarla. Además le acercamos un dato que puede resultar de interés: los medios que lee, mira o escucha a diario, podrían no estar dando una visión completa y plural de la cosa.

14. No repita la bobada de que un intelectual debe ser crítico y estar siempre en contra del poder, y que éste reposa exclusivamente en el Estado: es una idea de la sociedad que se remite a la Carta Magna de 1215, o sea un poco pasada de moda; y un intelectual es –por sobre todas las cosas- alguien que reflexiona, sea donde fuera que su reflexión lo conduzca. ¿O acaso si usted es marxista y mañana se implanta la dictadura del proletariado se va a poner de inmediato en contra, de puro crítico nada más?

15. Tampoco ande diciendo todo el tiempo y por cuanto medio tenga a su alcance, que lo censuran o lo prohíben, porque es un oxímoron: si eso realmente pasara, no podría decirlo, simplemente. Además mirarse permanentemente el ombligo (o tomar exclusivamente en cuenta lo que le pasa personalmente) no es un buen punto de observación para analizar los procesos sociales.

16. No renuncie a la propia identidad política y asúmala sin complejos, sea de izquierda, de derecha, radical, socialista, peronista o -sobre todo- anti peronista: es una de las cosas buenas de haber reconquistado la democracia, nadie debe andar escondiendo sus preferencias. No luche consigo mismo, fingiendo todo el tiempo ser lo que no es, y trate de ser coherente con lo que es, asumiendo las consecuencias. Siempre es bueno -y pertinente al debate- aclarar el lugar desde donde uno habla.

17. Sin caer en el argumento ad hominem, tenga en cuenta con quienes coincide o disiente con frecuencia en sus argumentos, y si le sucede que casi siempre está en compañía de manifestaciones de la mente humana no debidamente tratados aun por la sicología como Carrió, o exponentes vivientes del fracaso del sistema educativo como Majul, revise su discurso: algo debe estar haciendo mal.

18. Resista por todos los medios la tentación de hacer pronósticos o responder a los que se los pidan, el análisis de la realidad  política y social no corresponde al ocultismo o las ciencias arcanas. No se espera de un intelectual (no debería esperarse, al menos) la adivinación del futuro, menos tratándose de procesos sociales, que no tienen las leyes de causalidad inexorables de los fenómenos naturales.

19. No confunda la realidad con los propios deseos: por más que usted quiera que Cristina y todo el kirchnerismo estallen por los aires por autocombustión espontánea, eso no sucederá; y si es irracional esperarlo, peor aun es decirlo una y otra vez, como predicción resultante del análisis. De un intelectual se espera -justamente- que apele al intelecto como sublimador de las pasiones y sentimientos.

20. Por último y por sobre todas las cosas: bajo ningún concepto acepte que lo llamen “intelectual”, al menos hasta que haya hecho algo realmente digno de que le asignen tal título.

Y ni aun así se la crea, porque esto es como en el boxeo: al título hay que revalidarlo todos los días.     

martes, 20 de septiembre de 2011

EL CUALUNQUISMO DE TOMÁS ABRAHAM


Antes que nada, déjenme decirles dos cosas: 

1) Descreo de cierto discurso “populista” antiintelectualista de quienes parecen creer que estar cerca de los libros equivale necesariamente a estar lejos de la realidad. No digo que no existan “pensadores” que viven en una burbuja, pero el antiintelectualismo a priori me suele resultar una postura demagógica y pobretona;

2) Es necesario además no confundir “jerarquía” con “elitismo”. Según Terry Eagleton:

“El elitismo es una creencia en la autoridad de unos pocos selectos, lo que en términos culturales suele sugerir que los valores son o deben ser preservados por un grupo privilegiado, elegido por sí mismo o de otra manera, cuya autoridad deriva de cierto status además de su formación cultural (su origen social o religioso, por ejemplo) o sólo de su barniz cultural”.

En el sentido amplio de la palabra, jerarquía refiere a algo similar a un orden de prioridades, de modo tal que todo el mundo es jerárquico, pero no todos son elitistas.

La democracia no implica ausencia de ranking, sino por el contrario: privilegiar los intereses del pueblo como un todo sobre los intereses de los grupos poderosos y antisociales. Al decir del filósofo canadiense Charles Taylor: “Saber quién eres es estar orientado en el espacio moral, un espacio en el que surgen las preguntas sobre lo que está bien o está mal, sobre todo lo que merece hacerse y lo que  no, lo que tiene sentido e importancia para ti y lo que es trivial y secundario” (Charles Taylor, “Fuentes del yo”).

Dicho esto, prosigo:

Tomás Abraham es un “fast-thinker”, lo cual no necesariamente está mal. El tema es que sus artículos sobre la coyuntura política actual suelen desembocar en el “cualunquismo” sofisticado, que aporta poco y nada. ¿Es tan necesaria la tutela intelectual de un tipo que mastica enormes bolos alimenticios de información para vomitar opinión sobre los temas más variados? Tomás, ¿para cuándo un “no sé”?

Se sabe que la reivindicación de la “episteme” por sobre la “doxa” tiene en Platón a uno de sus máximos exponentes. Abraham no lo ignora, y por eso construye su falacia de hombre de paja para defender su derecho a escribir giladas en los diarios de mayor tirada, y así legitimar su  verborrea constante a través de los medios masivos de comunicación, quienes lo consultan sobre casi todos los temas posibles:

 “Platón decía que la opinión no tiene valor porque es cambiante y se guía por las apariencias. El conocimiento sí es perdurable ya que da cuenta de lo real, cuya característica es la permanencia. La opinión, así como la realidad a la que se refiere, tiene fecha de vencimiento y sirve para engañar y engañarnos a nosotros mismos. Es propia de sofistas”. (Abraham, “El presente  absoluto. Periodismo, política y filosofía en la Argentina del tercer milenio”, p.25).

A contramano del platonismo, filósofos como Foucault y otros tantos han reivindicado el valor de los sofistas, lo cual me parece muy acertado. 

Entiéndaseme bien: no intento postular la defensa de una mentalidad de aduanero que está presto a que no se mezclen las fronteras del conocimiento, sino que estoy reivindicando la necesidad del buen periodismo político por sobre la todología del “fast-thinker”, que habla sobre política casi sin ningún rigor.

En un muy buen libro titulado De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual, se reproduce una entrevista donde Terán habla del “igualitarismo”y el “cualunquismo”.

Abraham leyó el texto de Terán, y al respecto dice:


 “Debo admitir que, sin lugar a dudas, hay una total ignorancia acerca de la preparación que requiere una disciplina como la “opinología”.

Es posible que Oscar Terán no concordara conmigo –recuerdo al lector que el estimado colega falleció a principios de este año– en lo que respecta a este tema. Pero desde mi punto de vista, los cientistas sociales y los historiadores, no están necesariamente pertrechados con los conocimientos adecuados para opinar con consistencia sobre la actualidad. Tienen los ojos cansados de tanto buscar reliquias. Son ideólogos puritanos, no por ser librescos. Un opinólogo capacitado es muy libresco, pero también es oyente, televidente, parroquiano, observador de plaza, mirón de esquina, saboreador de costumbres, en suma, un baqueano urbano”.

Es conocida la cita de William James, que decía algo así como que muchos creemos estar pensando cuando en rigor lo que hacemos es reordenar nuestros prejuicios. Pues bien: me parece que los textos de opinión de Abraham sólo te ayudan a reordenar tus prejuicios. Por eso imagino que quienes están de acuerdo con su postura creen que sus textos son brillantes o que ayudan a reflexionar, y quienes están (estamos) más bien en contra creemos que se trata mayormente de “pelotudeces importantes” sin mucha sustancia.

Me parece que hoy, más que nunca, es necesario el  buen periodismo mucho antes que la proliferación de la "todología política". Según Horacio Verbitsky:

“Difundir aquello que alguien no quiere que se sepa. El resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa; de la neutralidad, los suizos; del justo medio, los filósofos, y de la justicia, los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”.

Es honesto y necesario explicitar desde dónde se habla -el mismo Verbitsky lo hace- , pues obviamente el intérprete tiene una mirada sesgada sobre la realidad. Ocurre que existe lo que a falta de un mejor término llamaría "responsabilidad social". No se puede tirar fruta todo el tiempo y pretender que tus ideas sean “respetables”.

“Que cualquiera pueda decir lo que quiera decir y escribir lo que quiera escribir y además pueda publicar. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres”. (Roberto Bolaño)

Tomás Abraham merece respeto como persona, lo cual no equivale a respetar todas sus ideas. Me refiero, por caso, al siguiente artículo:

http://tomabra.wordpress.com/2011/09/18/transgredir-perfil-1892011/


ORÍGENES DEL "CUALUNQUISMO" SEGÚN TERÁN:


El igualitarismo es una marca fundacional de la manera de ser argentino, cosa que no ocurrió en el resto de Hispanoamérica. Ya en el siglo XIX se entendía aquí a la democracia como democracia social, no como democracia política. La democracia -dice Sarmiento en el Facundo, en 1845- ya había penetrado hasta en las capas mas bajas de la sociedad argentina. Este fenómeno se extiende treinta o cuarenta años más tarde del mundo criollo al de la inmigración, que viene con un fuerte impulso de participación. Es absolutamente falso que los extranjeros no querían participar en política. Participaban, y hubo ciertos canales para la participación desde el principio. El radicalismo yrigoyenista vino a ofrecer la posibilidad de realizar la ciudadanía política, acompañada con una pulsión hacia la caída de la deferencia.

-¿La caída de la deferencia?

- Porque en la Argentina los de más abajo miran a los ojos a los de arriba. "Mirar a los ojos" es el síntoma de la caída de la deferencia, es el signo más evidente de la convicción que tienen los argentinos de ser y sentirse iguales. Esto ocurre desde siempre, ya estaba en la idiosincrasia del gaucho, fue activado por las revoluciones, las guerras civiles y otros fenómenos a lo largo de la historia argentina, con su gran culminación el 17 de octubre de 1945. De ahí en adelante desaparece absolutamente esa idea del tributo que los de abajo tienen que rendir a los de arriba a cambio de la protección que los de arriba brindan a los de abajo. Yo viví bastantes años en México y allí hay gente que, aún hoy y más allá de su situación económica, a ciertos lugares no puede ingresar, no se anima a ingresar. Siente que no tiene derecho a entrar. Ése es un fenómeno que se da en casi toda América latina y que aquí no existe o existe poco. Aquí uno tiene el derecho de estar en todas partes.

- Hoy ¿seguimos siendo una sociedad igualitaria?

-Somos una sociedad imaginariamente igualitaria, en el deseo y en todo aquello que los sujetos se asignan como derechos adquiridos. Es imposible entender ciertos fenómenos que ocurren todos los días sin entender esta pulsión o esta convicción de igualitarismo. Es imposible ver como se mueven los piqueteros, los travestis, los vendedores ambulantes, por ejemplo, sin esta idea de que todos somos exactamente iguales y tenemos derecho a ocupar espacios que no están vedados absolutamente para nadie.

-Esto es lo que nos hace también una sociedad difícil de gobernar?

-Lógicamente, porque el igualitarismo tiene un doble rostro. Es extraordinariamente elogiable por el modo en que ha contribuido a que la gente adquiera derechos. Pero se sabe que cuanto más igualitaria es una sociedad, también es mucho más difícil de gobernar. A lo que hay que sumar las dificultades que surgen cuando el igualitarismo se convierte en "cualquierismo" o en "qualunquismo".

-¿Qualunquismo...?

-Es el desconocimiento de ciertas jerarquías que no tienen nada que ver con la democracia. Algo típicamente argentino. Salga a la calle y lo comprobará: gente que sin instrucción, sin mérito, sin esfuerzo, sin especialización en nada, opina de cualquier cosa. Las consecuencias son desquiciantes. A ello súmele que somos una sociedad de altas expectativas en cuanto al acceso a bienes materiales y simbólicos, proyecto que de alguna manera funcionó hasta 1930, hasta 1950, hasta 1970, y que de pronto dejo de funcionar. Pero el imaginario colectivo sigue constituido sobre la base de una sociedad de altas expectativas, expectativas que no se realizan; lo cual genera frustraciones, anomia, privatización y erosión del lazo social. Todo esto lo venimos observando en los últimos 30 o 40 años.

lunes, 22 de agosto de 2011

NO ENTIENDO A TOMÁS ABRAHAM

Leo una nota de Tomás Abraham escrita en Perfil del domingo 21 de agosto de 2011, aquí la nota.

Abraham sugiere que "Gabriel Mariotto, Mario Oporto y Jorge Coscia, le harían un gran bien al país, y en especial, a la juventud argentina, si se pusieran de acuerdo para difundir este libro en las aulas, en los medios de comunicación públicos, y proponerlo para el debate ciudadano. Educación y cultura es el ámbito en el que Montoneros-La Soberbia Armada de Pablo Giussani debe ser no digo sólo discutido, ya que polemizar es lo que más gusta y con frecuencia lo que impide pensar, sino al menos leído".


Sobre "política y violencia", puse éste, éste y éste post. 

En principio no creo que "polemizar" sea algo tan nocivo, ni le escapo al "conflicto" como forma de hacer política. No me rasgo las vestiduras por el hecho de que nosotros no debatamos como suizos, o como nos imaginamos que debatirán los suizos.

No terminé de leer el libro de Giussani, espero poder hacerlo en algún momento. Su interpretación me parece muy cercana a la metáfora nefasta de "los dos demonios". Estoy en desacuerdo con que su lectura "le haría un bien al país" y particularmente "a los jóvenes".


¿Por qué sería deseable que fuese de lectura obligatoria ese libro? ¿Por qué no la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi o Política y/o violencia o Poder y desaparición de Pilar Calveiro? ¿Por qué no los libros de Richard Gillespie o Juan Gasparini sobre los montoneros? ¿O la biografía de Santucho, Todo o nada, escrita por María Seoane? ¿Y por qué no los debates encendidos en torno a la "Carta de Oscar del Barco" a partir de la entrevista con Héctor Jouvé?  O Maus, de Art Spiegelman, que tiene ilustraciones y es una historieta con la que los chicos pueden entretenerse al tiempo que reflexionar. Incluso Ante la ley de Kafka... qué se yo.
 
No termino de entender muchos textos de Tomás Abraham. Ojo, soy una persona que ha leído libros complejos, de lectura áspera: Hegel, Heidegger, Bourdieu... Pero a Abraham no termino de entenderlo, en el sentido de que no encuentro una referencia clara sobre "de qué carajo está hablando" cuando analiza la coyuntura política argentina.
 
Su tendencia a utilizar metáforas -el concepto de "intemperie" para explicar el fenómeno kirchnerista, por caso- en lugar de argumentos sólidos me desconcierta. Está bien e incluso es inevitable el uso de metáforas como instrumento retórico al servicio de la exposición argumental, pero cuando se vuelve plato principal es como pretender que el ketchup llene nuestras necesidades nutricias.
 
Es cierto que la idea de "argumentos sólidos" tiene una carga subjetiva muy fuerte, y que nadie puede reclamar para sí el monopolio de la interpretación legítima, pero...
 
Quiero decir: leo un artículo de José Natanson o Verbitsky, suponte, y puedo coincidir o disentir con tal o cual postura, pero sé lo que dicen, entiendo "la referencia". Con la mayoría de los textos de Abraham no me pasa lo mismo. Lo peor es que miro su blog y mucha gente le tira comentarios del tipo: "brillante análisis Tomás", "completamente de acuerdo contigo Tomás".

Tiendo a pensar que creemos "inteligente" a quien expresa lo que pensamos con palabras un poco más floridas y de un modo sofisticado. Creo que William James dijo que la mayoría cree estar pensando cuando no hace más que reordenar sus prejuicios. Pues bien: Abraham se la pasa refritando sus prejuicios una y otra vez, en casi todos los artículos que publica en Perfil o La Nación.
 

Sin embargo, creo que Abraham es una persona inteligente, y me parece que no carece -ni mucho menos- de una formación intelectual bastante densa.

Ojo, entiendo que hay temas que son extremadamente sensibles y refractarios a la interpretación, y que suscitan enconos encendidos: peronismo/antiperonismo, montoneros y lucha armada, judíos y palestinos...

Según Horacio González, con quien a menudo me sucede lo mismo pero con quien acuerdo mucho más: "pensar la política a martillazos parece ser el motto de Tomás Abraham, que posee una formación filosófica nietzscheana-foucaultiana y una escritura que cultiva brillos sentenciosos, y también tajantes giros despectivos. Sabe ver la cultura filosófica en el fárrago de las cosas, entremezclada con el humor de los acontecimientos cotidianos y de las culturas populares (...) Intenta escribir lo que podríamos llamar un manual general de ética política, encarnado en hombres prácticos y amantes de la vida, entendiendo por lo primero un volcarse a la raíz verdadera de lo ideológico, esto es, los actos en el mundo real de la producción; y por lo segundo, un intento de abordar y expresar la verdad personal sin ocultamientos ni oropeles. En este caso, se basa en la promoción foucaultiana de la idea antigua del parresiastés, aquel que dice la verdad como acto agónico en el que funda su existencia, arriesgando quebrar con ello la trama de prevenciones, cortesías e indumentarias sociales de todo lenguaje". 

Más allá de la interpretación de González, es curioso que en la nota Abraham diga  que "polemizar es lo que más gusta y con frecuencia lo que impide pensar". Quiero decir que a mí, Abraham siempre me ha parecido menos un crítico que un polemista, en el sentido de que su discurso está orientado a convencer, a seducir más que a entender los argumentos ajenos y exponerlos. 

domingo, 19 de junio de 2011

LA FACILIDAD DE ESCUPIR A SCHOKLENDER

Este post es confuso, contradictorio, porque el "escándalo Schoklender" me pegó mal, lo debo admitir. Tomás Abraham escribe hoy en Perfil una columna que tenía ganas de debatir. Ya hemos hablado, como tantos otros antes, del honestismo. Y sin embargo...

Lo digo de una vez: tenía ganas de ser mucho más lapidario con el artículo de Abraham (me parece una pavada cuando tira frases tremebundas del tipo "nuestra sociedad está enferma", y estoy en desacuerdo con mucho de lo que sugiere en tono de Doña Rosa escandalizada con algunas lecturas filosóficas de más). Sin embargo me rectifico: las estructuras corruptas y la malversación de fondos con dinero público, la falta de control, no pueden dar lugar a nada bueno. Lo que pasó con Schoklender, más allá de la pelea con los medios y demás yerbas, ha sido muy doloroso. No podemos echarle la culpa de todo a Schoklender para que haga las veces de chivo expiatorio. En nuestro país, muy pocas veces los responsables se hacen cargo de sus errores. El nepotismo, la rosca interminable, no pueden reemplazar tan seguido al laburo serio y honesto de personas idóneas para un cargo. Ejemplo lateral: prefiero mil veces a Pekerman antes que al Diegote como DT de la Argentina. Me rompe las pelotas que hayan tirado a la mierda el laburo que se hizo en juveniles con el verso de la "mística del 86", Bilardo, Humbertito Grondona y toda esa lacra. En fin, me fui al joraca, prosigo:

Pienso votar a Cristina, aunque tengo millones de contradicciones (las mismas que me plantea siempre el peronismo). Sin embargo, uno no puede hacerse el pelotudo con aquello que no le gusta simplemente porque crea que la oposición es peor o "le hace el juego a la derecha".

El artículo de Tomás -con quien estoy muy en desacuerdo casi siempre- está en lo cierto en algunas de las cosas que sugiere. No tengo ganas de analizar el contenido con el cual discrepo, simplemente porque sería  una suerte de "diálogo de sordos tácito" con el texto. Vale decir: hay aspectos del artículo que me parecen muy pobres; sin embargo, hoy tengo ganas de hacer catarsis con aquello en lo que sí tiene razón y que más me duele.

Uno podría decir que se trata de un ejemplo más de artículo-sinécdoque -toma la parte por el todo- ; una suerte de paradigma de cierto inductivismo ingenuo: tal funcionario K es corrupto, ergo los K son corruptos, ergo lo más importante es derrotarlos en las elecciones como sea. Qué se yo, no tengo ganas de hacerme el logi y mirar para el costado. ¡¡Asumamos las miserias y no defendamos lo indefendible!!

Tal vez muchos coincidan en que Abraham suele ser un representante de lo que Bourdieu llamaba "fast thinkers", tema sobre el cual escribí en éste post. Quiero decir: es un personaje que siempre se muestra dispuesto a responder sobre casi cualquier requisitoria por parte de algún medio, con lo cual es muy jodido escucharlo decir "no sé" o "no tengo opinión sobre el particular".

Pero... dejemos la polarización y el fanatismo de lado: no se deben malversar fondos públicos poniendo a cargo a un tipo con los antecedentes de Schoklender porque la querida Hebe le tiene afecto. ¡No jodamos! Y ya está, no digo más nada sobre el particular porque tengo bronca y tristeza. Iba a escribir un post largo pero estoy sin ánimos de seguir.

Post scriptum: En enero de 2002, Abraham escribió un artículo titulado "Yo me acuso", donde con cierto estilo jocoso se autoflagelaba por haber apoyado el desastre que llevó a lo que todos sabemos: "Pensar que en el '99 yo quería que ganara la  Alianza y me pareció que el primer gabinete era un seleccionado poderoso. Una defensa de economistas pesados que no permitirían que los adversarios la metieran, y una avanzada de gente habilidosa, liviana, alegre. Economía de centroderecha, política de centroizquierda, y cultura de izquierda, el equilibrio clásico de una República capitalista moderna". (Abraham, "El presente absoluto: Periodismo, política y....", Sudamericana, página 70)

Como bien dijo Horacio González, el estilo de Abraham suele cultivar "brillos sentenciosos" y "tajantes giros despectivos". A mí me parece un tipo inteligente, más allá de que a veces sus textos adquieran el tono de "señora gorda en la cola del supermercado". Sin embargo, su aporte al análisis político creo que es bastante pobre en comparación con el de otra gente.

Aquí hay un comentario de Abraham sobre el tema "la ley de medios", en un tono exaltado, donde el tipo exhibe un muestrario variopinto de peticiones de principio, argumentos ad hominem, prejuicios de republicano escandalizado y una mezcla de verdades obvias con otras semi-paranoicas. Me resulta más interesante el periodista y analista político que investiga o sigue la secuencia de los hechos y los compara con un contexto más amplio en lugar del opinólogo que disfraza su sentimiento "sunescán dalunabúso" con frases tajantes y floripondios literarios. En ningún momento Abraham cita partes de la ley o algún estudio o declaración que avale sus afirmaciones. De la nada sale con que los lectores de Clarín leen el diario "por los chistes y por el fútbol" y son apolíticos. Por un lado se queja de los intelectuales o pseudointelectuales que se suben a un pedestal y por otro lado cree que los votantes e intelectuales que apoyan al oficialismo son semi pelotudos o idiotas que se tragan "espejitos de colores". En fin, no da para mucho más, otro día la seguimos. Me voy a escuchar "la marcha de la bronca" de Pedro y Pablo.