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miércoles, 18 de mayo de 2011

UN AMOR FRUSTRADO Y MI NOKIA 1100

Nunca he tenido otro aparato de celular que no sea mi actual  Nokia 1100, y jamás cambié mi  número.
Se sabe que el aparatejo no tiene juegos demasiado sofisticados. A veces, cuando estuve en estado de aburrimiento extremo, he tratado de superar mi propio record de puntos haciendo crecer una viborita electrónica a la mayor velocidad posible (soy así, me gusta el riesgo extremo y la adrenalina).

El pueblo tampoco ignora que el Nokia 1100 es más resistente que las cucarachas; jamás se rompe: a lo sumo se vende, se pierde o te lo afanan.

Recuerdo que una noche íbamos a conocernos personalmente con una danesa hermosísima; sólo la había visto en fotos: era rubia, de pelo largo, enrulado y de ojos azules. Vivía en Roskilde, era amiga de una amiga, y tenía previsto permanecer en la Argentina por menos de un mes. Nos citamos en un bar de San Telmo que solía estar plagado de extranjeros -si mal no recuerdo quedaba en Perú al 900, y se llamaba "Gibraltar"- y yo de la ansiedad llegué media hora más temprano. Me pedí una cerveza y, mientras miraba cómo el lugar se iba llenando, empecé a hacer tiempo boludeando con el gusanito electrónico del Nokia 1100. En rigor, uno no "hace tiempo" sino que lo derrocha, se le va, no lo podemos decir al instante: "¿tomatelá, me estás molestando!" ni tampoco "¡detente instante, eres tan hermoso!" Pero mejor dejemos la filosofía barata.

A las dos horas de tardanza, medio que me estaba comenzando a sentir un poquito "loser": cierta conciencia excesiva de "ser mirado" que tiene uno cuando se autopercibe como un ganso solitario y aburrido en medio del gentío alegre, que aparenta conocer la clave de la felicidad en la tierra y no quiere compartirla con el resto de los mortales.

Sin embargo, sistemáticamente me consolaba pensando: "¡ya van a ver estos giles que me miran como si fuese un nabo, cuando entre la rubia escultural no lo van a poder creer!"

Ajeno a todo, el tiempo seguía fluyendo en medio de la noche, y yo me veía forzado a fingir un interés que no sentía por el crecimiento de la dichosa  viborita, eternamente atrapada dentro de las paredes de mi Nokia gris. A las tres horas recibí un mensaje de mi amiga, donde me decía que habían cenado comida mexicana y tomado tanto vino que a la danesa le había caido mal, que había vomitado varias veces y que por eso se tenían que quedar en cama.


Terminé la noche viajando solo en el 24, cerca de las cuatro de la mañana, jugando todo el trayecto con la viborita de mierda. Incluso hice el record de puntos, pero no me importó.